Crónicas de un padre presente

Foto por Diana Gómez

Lo arrullaba como si fuera lo más importante en este mundo

Por Cynthia Ramirez

Se despertó varias veces y se acercó a la cuna para ver si podía ayudar. En la oscuridad lo oí susurrar «shh, shhh, shhhh» con ternura y como si fuera lo más importante en este mundo, con un enfoque total y entregado. Lo intentó repetidamente y al final, se dio por vencido. Me dijo: «Ten, hice todo lo que pude, pero creo que en realidad quiere estar contigo». 

Regresó a la cama y se hizo chiquito en la orilla para dejarme hacer lo que tenía que hacer y dormir. Al despertar, nos volteó a ver y preguntó «¿Cómo están mis personas favoritas?». Luego con una animosa y casi siempre afinada voz cantó la melodía que entonamos todas las mañanas: «Buenos días, es tiempo de levantarse, el sol ha salido para ti. Despierta mi amado y vamos a jugar. Buenos días, hoy será un gran día». 

En parte al cantar parecía estar echándose porras él mismo: «Sí, será un gran día. Es tiempo de levantarme. Es tiempo, ya salió el sol». Varios minutos después siguió con: «Este es el día, este es el día que creó el Señor, que creó el Señor…» «¿Qué hora es? ¡Es tiempo de un cambio de pañal, cambio de pañal, cambio de pañal! ¿Qué hora es? ¡Cambio de pañal!». 

Las carcajadas de los dos se unieron al canto de los pájaros, acompañando su melodía de una manera perfecta, como si Dios hubiera compuesto tal sinfonía con íntimo cuidado años atrás. 

La sonrisa de nuestro chiquito, la evidencia más tangible de la gracia de Dios para él en este día, animó su corazón. Nuestro hijo, un milagro, nuestro milagro. 

Su sonrisa, personal e irrepetible, auténtica y específica, le brindó otra oportunidad de sentirse amado por el pequeño, después de que la noche anterior sin querer le había rociado en los ojos, la medicina que iba en su nariz. ¡No cabe duda que dar la medicina a un bebé es más difícil de lo que parece! 

El llanto y la mirada del pequeño, que mostraba que se sentía traicionado, le habían roto el corazón unas horas antes. Es de lo más difícil que ha enfrentado en su paternidad. Pero en sólo unos segundos la sonrisa del niño lo llenó de esperanza, vida y propósito. 

Luego, la hora del desayuno. Lo sentó en su sillita para darle la papilla de zanahoria, chayote, pollito y manzana. Minutos después, la comida salpicaba toda su pijama, babero y el piso, aunque parecía que una parte sí había llegado a donde tenía que llegar. Juntos se prepararon para lo que seguía. 

Lo recostó en el piso para jugar con su pianito mientras leía en voz alta la parte de la Biblia que le tocaba ese día. Era algo en Levítico, muy complicado y aparentemente irrelevante para el pequeño, pero escuchar la voz de su papá junto a él lo mantuvo ocupado y feliz por casi 6 o 7 minutos. ¡Todo un logro! 

A prisa, lo vistió. Le puso algo que no me encantó porque no combinaba y con una media sonrisa aceptó ponerle otra camisa encima de lo que traía. En dos minutos se cambió de ropa, se lavó los dientes, se puso sus tenis y bajó. Logró agarrar la botella de agua y un pañal, por si acaso. Y al último momento, recordó meter la medicina a la pañalera.

El camino al trabajo en esta ocasión fue lindo, con una plática enfocada en quién iba a cuidar al bebito y en qué horarios, cuánto le debíamos a algunas personas, dónde íbamos a comer, y qué era lo urgente y lo importante del día. 

Dedicó unos minutos para decirme que me veía bonita y darme un beso en la mejilla, mientras caminábamos junto a los camiones, la señora que vende tamales, un hoyo en la banqueta que aún no arreglan y un puesto de tacos que le gusta, que por cierto no ha visitado en meses. 

En el trabajo, al oír llorar al bebé se acercó. Vio que estaba bien cuidado y siguió con su día. Algunas veces lo cargó y lo llevó con él. En una llamada larga que tuvo, se lo llevó en la carriola a caminar a un parque cercano. Regresaron los dos tranquilos, él habiendo sudado un poco y el chiquitín con el mundo en sus manos después de pasear con la vista arriba, viendo árbol tras árbol y el cielo azul, y escuchando la voz de su papá, en total confianza.

Llegando a la casa ofreció cuidarlo un rato mientras yo salía por un mandado. Al regresar, me dio las gracias varias veces por todas las horas que me quedo solita con él, apreciando un poco más el trabajo invaluable de una madre. Le dio su cenita, le calentó un poco de leche y lo bañó. No le puso pijama, sino algo que «tenía energía emocional para ponerle» y funcionó. Cada cambio de ropa es una gran lucha, así que estamos aprendiendo a escoger nuestras batallas. 

Lo cargó hasta que llegué y trabajó mientras dormía, en la oscuridad y de ladito. Pero logró avanzar un poco. Las luces de toda la casa estaban apagadas para no despertarlo y el silencio era total. Pero no era un silencio vacío, estaba lleno de amor, ternura y cuidado. 

Me recibió con una sonrisa, como si me estuviera regresando un poco de lo que el pequeñín le había dado durante todo el día. Se bañó e hizo su ritual de cada noche. Honestamente no estoy segura de lo que incluye, pero es evidente que ese tiempo a solas es indispensable para la armonía de nuestro hogar. 

Cansado y ya con sus dos seres amados en cama, regresó a su computadora para trabajar otro rato. Finalmente logró acostarse y con el corazón grandote, cerró sus ojos preparándose para una noche más. 


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