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30 abril 2020

Grandes mujeres de la fe: Elizabeth Fry

Por Keila Ochoa Harris

La Biblia le manda a los seguidores de Cristo Jesús a vestirse de luz y atender a las viudas, a los huérfanos y a los pobres. No es el trabajo de los ángeles, sino de los siervos de Cristo.

Elizabeth Fry era la hija de un banquero. Pertenecía a una familia cuáquera, quienes se distinguían por su devoción, su vestido no ornamentado y su poco interés en las formas de entretenimiento comunes.

Elizabeth fue la tercera hija del matrimonio Gurney. Su madre la crió con los principios bíblicos y le enseñó la importancia de ayudar al prójimo. Lamentablemente, Elizabeth perdió a su madre a los doce años y con sus hermanas se distanció de sus principios cuáqueros. Pero en cierta predicación, por medio de un ministro invitado, Elizabeth decidió retomar el camino correcto, aun ante las críticas de sus hermanas. Entonces abrió una pequeña escuela para educar a los muchos niños huérfanos y pobres que rondaban su localidad.

A los veinte años, se casó con un caballero cuáquero llamado José Fry. Él se la llevó a Londres, pero apoyó su deseo de servir a los más desafortunados. Es sorprendente que Elizabeth logró combinar múltiples obras caritativas con la crianza de once hijos.

Años después se mudaron a Plashet, en Essex, donde estableció una escuela para niñas desamparadas y una cocina para indigentes. También buscaba tiempo para repartir literatura. En esa época, en 1813, escuchó de la prisión de Newgate, donde hombres y mujeres se amontonaban en reducidos espacios.

Las mujeres sentenciadas por robar manzanas se codeaban con las asesinas o falsificadoras de documentos, un crimen capital en ese entonces. Dormían, comían y defecaban en la misma zona. Las prisioneras robaban alcohol, comida y ropa, y si contaban con hijos, ellos se mudaban a la cárcel con ellas.

Elizabeth tenía treinta y tres años cuando pisó Newgate por primera vez. Los celadores le advirtieron sobre dos grandes peligros: la enfermedad y la violencia entre las trescientas internas, pero ella no se inmutó. Las mujeres la recibieron con alegría. Nadie se había interesado por ellas y Elizabeth no había llegado para regañarlas sino para mostrarles amabilidad.

Predicó sermones sencillos, oró con ellas y les trajo comida. Les leyó hermosas historias de la Biblia que conmovieron a más de una. Ella creía que una combinación de cuidado espiritual y entrenamiento práctico las beneficiaría, así que les enseñó cosas básicas de higiene, así como tejido y bordado. Cuando las internas vendieron sus creaciones y recibieron un poco de dinero, se emocionaron.

En un año, habían hecho veinte mil artículos de vestir, ganando dinero para comprar ropa decente para ellas mismas. La reforma producía buenos resultados, así que Elizabeth adquirió más valor. Intervino a favor de las mujeres bajo sentencia de muerte y si sus ruegos no resultaban, las acompañaba hasta sus últimos momentos con palabras de consuelo.

Sus contemporáneos escucharon de la cuáquera que hacía milagros en la prisión de Newgate. Muchos acudieron a presenciar el cambio e implementaron sus métodos en otras prisiones del país.

En 1817, Elizabeth fundó la Asociación para la Mejora de las Prisioneras de Newgate. En 1818, se le invitó a la Cámara de Comunes del gobierno Británico para reportar el estado de las prisiones inglesas, lo que contribuyó a la reforma de 1823. Visitó Francia, Bélgica, Holanda y Alemania para promover los cambios en otras cárceles de Europa; incluso fue entrevistada por reyes y magistrados.

La edad no disminuyó el celo de esta mujer. A los sesenta y tres años aún tenía energía para subir a los barcos que cargaban criminales hacia las colonias británicas. Murió a los sesenta y cinco años rodeada de amigos, familiares y miles de prisioneros que recibieron un rayo de esperanza a través de ese ángel que los había visitado en su miseria.

El mundo tiene hambre de ángeles de carne y hueso que se acerquen a ofrecer una sonrisa, un abrazo y sobre todo, el mensaje de salvación. Una sencilla mujer cuáquera transformó el sistema penal a nivel mundial.

¿Qué misión tendrá preparada el Señor para nuestras vidas? En sus manos, seguramente algo importante, grande y trascendental.

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