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14 mayo 2020

Aprende a confrontar y no evadir

Es importante cuidar mucho el cuándo, el cómo y el dónde hablar para encontrar la solución a un conflicto

Por Karina Rodríguez Chiw

Salir huyendo no hará que tus relaciones con los demás mejoren. Aquí te decimos qué hacer ante los conflictos que surgen en la convivencia diaria.

Los problemas pueden presentarse en cualquier relación humana, ya que cada individuo es único y diferente a los demás. De acuerdo con la educación que recibimos, las experiencias vividas y nuestra forma muy personal de percibir el mundo y de sentir, es que conformamos nuestra manera de pensar y actuar.

Por eso, es común que no siempre concordemos con quienes nos rodean y en ocasiones surjan desavenencias. Pero ¿cuál es la actitud que tomamos ante estas diferencias?

Lo más común.

Evadir o pelear es la forma en que muchas personas enfrentan un conflicto de manera automática.

Esto se debe a que se rigen por la parte más primitiva de nuestro cerebro conocida como “el cerebro reptiliano”. “Es una cuestión biológica que hace que ante una situación que nos confronta y provoca conflicto reaccionemos de dos maneras: enfrentando con la lucha y con el pleito; o huyendo y evadiendo”, afirma la Psicóloga Martha Ortiz.

Y esto puede presentarse en cualquier relación, ya sea con nuestra pareja, amigos, vecinos, padres, hijos y familiares; o compañeros de trabajo.

Lo negativo.

Lo malo de evadir las diferencias y conflictos que se dan con otras personas, es que “la relación llega a desgastarse; y al pelear, en lugar de buscar una solución, se genera rencor, resentimiento y enojo hacia la otra persona, y esto no nos ayuda a solucionar el conflicto”, advierte la psicóloga.

La evitación es un mecanismo de defensa que se utiliza para no sentir angustia, ansiedad, o sentimientos de inferioridad. Es equivalente a lo que podría suceder cuando una persona, para no sentir, decide mutilarse un brazo que le duele.

Otras formas de actuar que no ofrecen soluciones son:

Complacer. Es como escapar de los conflictos, porque se busca terminar con la discusión con una actitud indiferente con frases como: “si claro, lo que tú digas”. Es algo así como ‘darle por su lado al otro’.

Ser agresivo. Amenazar a la otra persona para ‘ponerle punto final’ al problema aunque no se haya resuelto. Generalmente esta actitud se origina de la baja tolerancia a las frustraciones.

Ceder de manera habitual al punto de vista de los demás, renunciando a los propios. Tiene como trasfondo la baja autoestima. Muchas veces sucede en el área laboral, cuando una de las partes tiene una posición inferior a la otra y teme ser removida de su puesto.

Competir con la otra persona para demostrar que se tiene la razón, aunque esto no sea así. Se aplica sin tomar en cuenta los sentimientos y forma de pensar de los demás. Cuando sucede una de las partes siempre pierde.

Manipular. Se presenta de diferentes formas, una de ellas es generar culpa en la otra persona con frases como: ¿Por qué me haces esto?” o “Tú me haces sentir mal”; con lo cual se busca responsabilizar al otro de lo que sienten.

Lo ideal es utilizar nuestros recursos internos para actuar de manera positiva ante un conflicto.

Todos estamos “equipados con una serie de fortalezas que son parte de nuestra propia personalidad, a estas se suman las pautas que nos han dado en nuestra familia, nuestras propias experiencias que nos permiten crecer y la capacidad para activar nuestra conciencia y autoobservación para saber qué estamos haciendo bien o mal”, comenta la especialista.

Estos recursos dependerán de la edad y madurez de la persona. Recursos de utilidad para mejorar nuestra manera de relacionarnos:

Consciencia. Nuestra capacidad de ser conscientes de nuestros actos, de lo que sucede. Es lo que nos diferencia del resto de la creación.

Una vez que podemos hacer conciencia de que nuestra forma automática de reaccionar ante el conflicto es luchando, agrediendo o evadiendo; también nos daremos cuenta de las consecuencias que podemos tener con estas actitudes como: la pérdida de una relación cercana e importante, o de un trabajo; o conflictos con la autoridad por nuestras reacciones impulsivas y fuera de control.

Redes de apoyo. Pueden ser familiares, espirituales, sociales o terapéuticas. En ellas podemos buscar ayuda y orientación para estar mejor con nosotros mismos y con los demás. Nos permiten tener una diferente perspectiva de un conflicto o situación problemática que estamos viviendo y que no alcanzamos a advertir.

¿Qué nos impide cambiar?

Resistencia al cambio. Esto es común en muchas personas porque “se sienten cómodas y se adaptan a sus propias reacciones, porque es lo que conocen. No les interesa probar con otras formas de actuar porque quizás se encontrarán con algo que no les va a gustar, o que les provoque miedo o tristeza; entonces se resisten al cambio”, señala la consultora privada

La lealtad “hacia los modelos que se aprenden a edades tempranas, conductas que generalmente se adquieren en el sistema familiar (lo que vemos de nuestros padres), generalmente se repiten en la edad adulta”.

Falta de información. La persona ni siquiera sabe que puede actuar de manera diferente. En este caso existe la posibilidad de que pueda cambiar si alguien como un familiar, un amigo, un terapeuta, un coach, etc., le ayuda a ver desde otra perspectiva la posibilidad de modificar sus reacciones. El reto en este caso es vencer la resistencia al cambio.

Actuar con conciencia.

Si nos dejamos llevar por nuestros impulsos y actuamos gobernados por el ‘cerebro reptiliano’, es decir, de manera primitiva, lo único que haremos será evadir; o bien reaccionar con violencia, enojo, golpes, menosprecio, indiferencia o manipulación.

Lo recomendable es: “confrontar, pararse ante una situación y ponerle el nombre correcto a lo que está pasando, sentarse a negociar y hacer nuevos acuerdos, buscando distintas alternativas de solución”, asevera la especialista.

Para lograrlo es importante practicar la ‘escucha activa’ que nos acerca y relaciona, nos da claridad y nos permite vincularnos.

Es la “manera inteligente de escuchar al otro atendiendo respetuosamente a lo que está pasando. Se trata de escuchar antes de hablar para entender los sentimientos de la otra persona antes de reaccionar o contraatacar”. Escuchar activamente nos permite encontrar una solución adecuada y positiva al conflicto.

“Para escuchar activamente tienes que aprender a quedarte callado antes de hablar, porque solo cuando te callas y ‘te muerdes la lengua’ durante un rato, puedes escuchar al 100% y entender la postura de la otra persona.

Una vez que la escuchaste puedes elaborar mensajes cortos y bien estructurados para hablar sin atacar para que juntos busquen alternativas para una solución”. Psic. Martha Ortiz

Para tomar en cuenta…

Es importante cuidar mucho el cuándo, el cómo y el dónde hablar para encontrar la solución a un conflicto. De acuerdo con la psicóloga, no siempre es conveniente que lo hagan las dos personas solas, si el conflicto es grande, lo que necesitan es un facilitador.

Por ejemplo, “un espacio terapéutico puede ser un espacio de contención seguro y protegido, en el que se guarda la confidencialidad y el facilitador no está involucrado con alguno de los dos. De esta manera podrá ser objetivo e imparcial para replantear los argumentos de una manera distinta, parafraseando lo que uno y el otro dicen; evitando las agresiones o descalificaciones, porque eso no lleva a nada…”, puntualiza la especialista.

El sabio Salomón en su libro de Proverbios habla acerca de aquellos que no quieren resolver conflictos. Con la franqueza que lo caracteriza dice en dos ocasiones: “Mejor es estar en un rincón del terrado, que con mujer rencillosa en casa espaciosa” (Proverbios 21:9 y 25:24). También aplica a los hombres. No seamos contenciosos o rencillosos, mejor busquemos la resolución de los conflictos en vez de evadirlos.

Foto por Andrea Hernández 

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